Te espero, como quien desea el verano en pleno febrero, en la ciudad más gris del mundo, con todo el cielo cubierto de blanco. Y entonces te imagino aquí , conmigo, recorriendo todas las calles y sin ser tú consciente, hemos paseado el mundo entero. En mi nudo en la garganta, en mi hueco del estómago, a mi necesidad continua de huidas en cada oportunidad que tengo de advertirme de que soñar no es malo, pero tampoco bueno. Todos los días te veo, pero no en persona... y es que eres todo lo que quiero. Te acomodo entre dos ideas, te acoplo en los pocos huecos que aún me quedan libres, en un pedazo de la imaginación que en otro tiempo presumió de desahogo espacial, donde la ventana siempre está abierta para que no dejes de arrojar piedras por si un día, sin querer, te hago llorar y nos hundimos los dos. Te idealizo como a un genio muerto, aunque estés más vivo de lo que yo he estado en meses. Como lo hace cualquiera que se enamora de un personaje, olvidando al total del actor que hay detrás. Como a las revoluciones, creyéndote el milagro político que lo cambiará todo. Como los fanáticos religiosos a sus dioses de barro y oro. Te proyecto como al amor eterno, cuatro manos arrugadas que sigan acariciándose entre cuatro paredes repletas de recuerdos intensos.
